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Con este blog pretendo rellenar los huecos de este apartamento\"apartamiento" de hastío, absurdidad y diminutos espacios de imágenes, palabras y sonidos. Quizá este blog -como apartamento\"apartamiento" de espera de espacios vacíos- sólo gire en torno a una imágen de Stroszek subiéndose a un teleférico extranjero mientras su coche gira sin parar, mientras unos animales reales empiezan a bailar dentro de máquinas siguiendo simples melodías. Puede que Stroszek se monte en el teleférico para, simplemente, llegar al apartamento\"apartamiento" de C.C. Baxter y jugar una continua partida de cartas sólo, mientras Baxter espera en la cocina con una raqueta de tenis a que la pasta esté preparada. Quizá no. Puede que no; puede que sólo se quiera ir con su escopeta.
Éste es el blog como edificio. Lo demás irá apareciendo, y sólo será una prueba de reconocimiento de este espacio deshabitado, de este apartamento\"apartamiento" de cotidianeidad.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Wallace Stevens: "El poema de la mente en el acto de hallar..."

Wallace Stevens
El poema de la mente en el acto de hallar
Lo que habrá de bastarle. No siempre hubo de hallar:
La escena era precisa: repetía
Lo que había en el guión.
Entonces el teatro
Cambiaba en algo más. Y su pasado era un recuerdo.
Ha de vivir. Saber el habla del lugar.
Ha de encarar a los hombres del tiempo,
Hallar a las mujeres del tiempo; pensar acerca de la guerra
Y hallar lo que habrá de bastarle. He de
Edificar un escenario nuevo, estar sobre el escenario
Y, tal actor insaciable, lentamente y con
Meditación decir palabras que en el oído
En el más delicado oído de la mente, repitan
Exactamente lo que quiere oír, en cuyo
Sonido, un invisible auditorio escucha
No la pieza, sino a sí mismo, expresada en una
Emoción como de dos personas, como de
Dos emociones convirtiéndose en una. El actor es
Un autor metafísico en lo oscuro, tañendo
Un instrumento, tañendo tensas cuerdas que producen
Sonidos que atraviesan súbita equidad, que contienen
En su totalidad la mente, debajo de la cual no puede
Descender, fuera de la que no habrá de subir. Debe
Ser el encuentro de una satisfacción, y
Quizá de un hombre patinando, una mujer que baila, una
Mujer peinándose. El poema del acto de la mente.

 Traducción de Andrés Sánchez Robayna


No sé por qué ayer de madrugada, mientras leía este poema de Wallace Stevens, me vino a la cabeza -mejor al oído- una canción de Nacho Vegas: 



Supongo que será por el hecho de que tanto el poema como la canción hablan -aunque desde perspectivas muy distintas- de un actor. Espero que disfrutéis -aunque sólo sea un poco-.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Lautréamont: violencia y animalidad

Hace dos días vi Scanners de Cronenberg -comentario de la película: interesante, artesanal, imperfecta- y me acordé de Los cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont -seudónimo de Isidore Ducasse-. Durante ayer y hoy estuve buscando mi trabajo sobre él. Hace veinte minutos lo encontré. Este es un fragmento -y espero que os sirva de algo-:

Rubén Darío dice de la obra: «[Lautréamont] escribió […] un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la locura»[1].
Diabólico, extraño, aullante, cruel… Adjetivos que resumen de manera perfecta y concisa el universo de los Cantos. Diabólico por su oposición y odio a ese dios condenatorio y creador del mal, extraño por el extenso imaginario que recrea en cada una de sus páginas, aullante por la licántropa y a la vez pululante voz narrativa, cruel por la sensación de dolor interno que tras leerlo se nos queda dentro, en el espacio visceral de nuestro cuerpo.
Puede parecer que en esta obra todo es violencia y resentimiento. Sin embargo, en ella se evoca también de modo incesante la infancia; esa infancia que, tras convertirse en distancia de los padres, de los parques, del hogar –en recuerdo simplemente- se nos aparece y se nos mete entre los huesos, siéndonos imposible eliminarla, a pesar del dolor que acarrea una infancia perdida.

Isidore Ducasse
Para Maurice Blanchot, Maldoror es cruel y tierno al mismo tiempo[2]. Practica el daño contra el mundo exterior humano para luego arrepentirse y hacérselo a sí mismo, en un acto de culpabilidad sin límites. Es un continuo ir y venir desde el mundo del mal al mundo de la bondad. Todo se hace irracional en los Cantos de Maldoror. Todo está inscrito bajo una violencia más propia de un feroz animal, que sintiéndose atacado desde su nacimiento ataca sin miramientos, que de un humano. Esa violencia –llamémosla “violencia irracional”- es una muestra clara de la personalidad de Lautréamont, de su absoluto desencanto hacia el mundo en el que vive, en el que recuerda, en el que sufre. Este desencanto se transforma a cada página del libro en una violencia dual –hacia fuera y hacia dentro- en la que la agresividad se acrecienta continuamente, sin pausa alguna.
Maldoror encarna la doble condición del ser humano: la bondad y la maldad; al mismo tiempo que lleva a cabo un maravilloso baile de disfraces en el que tan pronto se viste del Maldoror animal –lleno de agresión, odio, ferocidad, instinto- como del Maldoror humano –lleno de resentimiento hacia sí mismo-. Esta doble condición –como bien apunta Maurice Blanchot- es la característica crucial de la obra.



[1]  Darío, Rubén: Edgar Allan Poe y otros ensayos. Alicante, 2009, Editorial Verdehalago, p. 65.
[2]  Blanchot, Maurice. Lautréamont y Sade. México D.F., 1990, Fondo de Cultura Económica, p. 101.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Segundo recuerdo de un olvido: The Easybeats

The Easybeats


El segundo recuerdo de un olvido es para este grupo de Sidney -aunque ninguno de sus integrantes eran realmente australiano; todos ellos procedían de Europa: dos de Inglaterra, dos de Holanda y uno de Escocia-. Rock & Roll directo, sin momentos de parón. Todo bajo una mezcla genial de garage, blues, folk y pop. Por tanto, nada de distracciones. Por tanto, sólo diversión. Únicamente buena música. Disfrutad.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Antes de dormir

Esta noche me acuesto pensando en el baile de Malas tierras. Pensando en Martin Sheen y su montón de piedras, inútil intento de ser reconocido en su lugar. Para algunos será el lugar de un fracaso. En mi opinión todo lo contrario. Es el lugar de una victoria, aunque esta victoria -en términos heideggerianos- sea una victoria hacia la muerte. A pesar de que Kit, en un principio, no busca eso, no busca la muerte, al final sabe que es el único camino para encontrar su identidad única, para hacer ver a la gente que existe, que se mueve, que actúa, que es algo más que un basurero. Es la gran encarnación del hombre como "acción por la acción". Es el retrato del individuo que no le queda otra que buscar su sitio; sabiendo que esa búsqueda tiene unas consecuencias. Él las asume; y las asume en el momento en que decide parar el coche en un camino quemado por el fuerte sol de la Norteamérica profunda -aunque se podría decir que las asume desde el principio, pues él ya sabe lo que quiere y cómo lo quiere-. Por eso va juntando piedras, con las que hace un pequeño montón. Ésta es su escultura. Ésta es la firma de su obra de arte manchada de sangre. El resto son sus utensilios y, sobre todo, su amor hacia Holly -un personaje que no busca, simplemente deja que busquen por ella, que Kit busque su camino; es la inocencia en la película-.
Kit siempre estará en mi apartamento, junto el cartel de Malas tierras -en una de las paredes de una de las habitaciones-.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Retrato de hombre que ya no vive

Vagabundo visto por Brassaï
Hoy me he despertado tarde. Tenía sueño atrasado -atraso de cinco días-. Lo primero que he hecho ha sido fumarme un cigarro mientras veía caer la lluvia por una de las ventanas de mi  piso de cincuenta metros cuadrados. Apenas había gente caminando. Acaso tres o cuatro personas. Nadie disfrutando de la lluvia. 
Dos horas antes me desperté con la voz de una pareja de policías. Hablaban con alguien que apenas podía levantar sus dos pies del suelo. Estaban en el tercer piso, el mismo sobre el que se apoya mi apartamento. Al parecer, la tercera persona era un vagabundo. Había entrado por el portal simplemente para guardarse del frío y de la lluvia, que en la noche pasada se convirtieron en individuos atroces. Había dormido medio desnudo. Vi cómo se subía los pantalones. Apenas podía. Lo echaron. No le pude ver la cara.
Una hora después bajé a la calle para comprar el pan. Dos tramos de la escalera estaban protegidos de las pisadas por charcos líquidos. No supe -y nunca sabré- si eran prodructo del agua de lluvia filtrada por una gotera o eran orina -ya fría- del único inquilino -por desgracia fugaz- del portal número 54-56 -donde mi cuerpo vive- con el que me hubiera interesado charlar o invitar a mi apartamento -los demás apenas merecen la pena-.
A las cuatro de la tarde, empecé un nuevo relato. El argumento está claro. Cuando lo acabe puede que lo pase a este apartamento.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Primer recuerdo de un olvido: The Beau Brummels

The Beau Brummels
Este es mi primer recuerdo de un olvido. Son The Beau Brummels. Demasiado olvidados. Siempre detrás de The Beatles, The Band, CRC, The Byrds... Simplemente quiero recordarlos. Disfrutadlos, conocedlos, recordadlos. Sólo son tres minutos. Tres minutos del gran sonido de los sesenta.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Filosofía y literatura en el circo volador de los Monty Python

Esta entrada empezó a ser escrita hace cuatro años, cuando empezaba la carrera de filosofía en Valladolid. Alguien me envió el video de El partido de filósofos de los Monty Python. Había visto antes las tres primeras y delirantes temporadas de su circo volador. Pero nunca ese video. No se me fueron de la cabeza en varios días algunos momentos: la sorprendente entrada de Beckenbauer en la alineación de la selección alemana, los árbitros del partido... La filosofía nunca me había parecido tan divertida.
Entonces empecé a buscar el episodio entre mis discos del circo volador. Era incapaz de encontrarlo. Pero llegó el día en que un amigo me dijo que ese episodio no estaba dentro de ninguna de las temporadas originales, sino que pertenecía al Monty Python's Fliegender Zirkus -dos temporadas del circo volador para la televisión alemana-. Entonces lo descargué de manera ilegal. Desde ese día lo veo de vez en cuando. La última vez hace cuarenta y tres minutos. Me he vuelto a reir.



Y como me he vuelto a reir, busqué otro de mis sketches "predilectos" -hablando en términos juanmanuelpradianos (por cierto, tengo que dedicar una entrada a su programa Lágrimas en la lluvia, también desternillante)-. Es un pequeño resumen de En busca del tiempo perdido de Proust. De nuevo he reído.



ACLARACIÓN: Juan Manuel de Prada no me gusta.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Banda Aparte -o mi buen reencuentro con Godard (me parecía algo imposible)

Bande á Part



Nunca me he llevado bien con Godard. Nunca me ha gustado su pseudo-lírica, su pseudo-filosofía, su pseudo-literatura. Tampoco su continuo alarde de conocimientos vacíos. Tampoco su pretenciosidad estomagante. Ver una película de Godard me resultaba siempre irritante, insoportable, aburrida. Aún recuerdo la noche en que me dormí a los diez minutos de empezar a ver El desprecio. Ni Los Carabineros, ni Nuestra Música, ni su Historia del cine. Quizá sólo he disfrutado -y no demasiado- con ciertos trozos de Al final de la escapada y de Pierrot "Le Fou".
Nunca he comprendido demasiado la veneración que se le tiene, llegando incluso a denominarle "el padre del cine moderno" -y no vamos a entrar en el debate de si existe un cine moderno, un cine posmoderno o, únicamente, un cine clásico progresivo-. Supongo que sí es el padre de algo, de algo de lo que supongo estará orgulloso: es "el padre del cine esnob". Del cine esnob en cuanto cine de "ensayo" y nunca cine de "estética" -"estética" entendida de una manera puramente artística, como proyección misma del arte, del conjunto de todos las artes-.
El baile a seis piernas
Sin embargo, esta noche Banda Aparte me ha dejado una sensación positiva; en realidad varias. Se podrían resumir en: recuerdos al cine negro americano -Hitchcock, Preminger, Tourneur y Fritz Lang (en cuanto hijo adoptivo de Estados Unidos), secuencias inmejorables y muy divertidas, sobre todo el número del baile; el personaje de Franz -quizá el único realmente bien logrado de toda la película- y el final abrupto y fugaz (siento predilección por estos finales). Aunque, también, me ha recordado en ciertos momentos al Godard que tanto detesto: los primeros minutos y, sobre todo, la secuencia de la clase de inglés, llena de principio a fin de referencias sin sentido, frases absurdas, de la pretenciosidad godardiana típica.
En definitiva, una película interesante de un director que, por lo general, no lo es. Y esto es todo por hoy. Me despido con una canción que llevo tarareando durante varios días -supongo que por culpa de los vapores de ginebra que inundan mi apartamento desde que marcharon dos amigos-. Buen fin de semana. 




Atmosphere.- Joy Division

viernes, 26 de noviembre de 2010

Ochocientos veintidós días

Nunca había pensado en colgar alguno de mis relatos o algunos de mis poemas en un blog. Es más, era contrario a ello. No me gustaba la idea de ver algo de lo que había escrito rodando de un sitio para otro, sin una firma que pusiera Rodrigo Simón. Sin embargo, ¿de qué vale eso? Por lo menos, hay una firma. La firma es mi recuerdo, es mi letra, es mi sentido, es mi caos. 
Este relato se llama Ochocientos veintidós días. Quizá fue mi primer relato, en el sentido de unidad, de simpatía hacia él. Además, fue vetado en el concurso de navidad de mi antiguo instituto, y eso siempre será un honor para mí. Espero que a alguien le guste:

OCHOCIENTOS VEINTIDÓS DÍAS
A Héctor


“El amor es una invención humana;
el amor, en la naturaleza, no existe”
André Gide

Han pasado varias horas; sin embargo, es ahora cuando el entierro se me hace insoportablemente real, y no por la muerte de mi vecino, uno de esos vecinos sexagenariamente burgueses —o burguesmente sexagenarios— que te recuerdan tu desencantada derrota con las ancianas falanges de sus dedos, malditamente victoriosas, ásperamente revisionarias y fascistas, y que llevan a cabo su sexual deseo, no puesto en práctica con sus menopáusicas esposas, con bellísimas putas melancólicas, sino por el mismo hecho de morirse.
Así, mientras observo, teniendo en la mano izquierda un cigarro de tabaco negro hecho por maravillosas manos negras y castristas en la isla de Cuba y secado al sol —o a la luna—, el cadáver de un coleóptero comedor de hojas verdes de árboles no caducifolios, poseedor de un progresivo componente corruptivo, que habita una de las esquinas inferiores de una de las paredes de la habitación, pintada de un blanco lleno de suciedad polvorientamente obscura, noto de nuevo ese recelo mortuorio; uno de esos recelos hondos que nos obligan a maldecir en algo, en alguien, y que, para muchos, cambian cada una de las cosas y cada uno de los hechos comunes de un individuo.
Sin embargo, me doy cuenta de que, a pesar de todo, los objetos siguen estando en su sitio habitual; me doy cuenta de que la muerte sólo cambia el estado del cuerpo –no hay nada más que cuerpo- de un ser normalmente vivo; pasa de estar formado por carne en estado pseudoperfecto a estar formado de carne sumamente podrida: las películas siguen ordenadas según mi última preferencia —«Cuento de verano» es el inicio—, los libros según el alfabeto del idioma nagortiano —«¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?» es el principio—, las botellas de alcohol destilado y las de alcohol fermentado según lo vacío de su contenido y las máquinas —en teoría hechas para-ayudarnos-en-nuestra-vida-diaria­– ordenadas según lo aleatorio del azar.
Ayer, cuando falleció el que hubo de ser mi vecino —la esquela lo llamaba Bensant— entré en su casa bajo una penumbra nimiamente traslúcida, después de que su mujer me abriera la mal engrasada puerta. Nada más entrar, entre los sollozos lacrimales de la viuda, vi el cuerpo inertemente pálido y rígido de Bensant. Su hijo —nunca he recordado su nombre— estaba echado sobre el sillón de la sala ardiente, donde estaba el cadáver, leyendo el Cloratopotasiano de Neville.
Me limité a un «lo siento» superficial, pues apenas me importaba la muerte de mi vecino, al que apenas conocía de nada; sólo de las odiosas reuniones de vecinos. El hijo me dio las gracias sin apenas levantarse del sillón. La madre, entre sollozos prácticamente inaudibles, me miraba con unos ojos rodeados de anteojos tintados, así como de ojeras obscuras y cansadas; sostenía, además, uno de esos folletos publicitarios innecesarios que mandan siempre por navidad los grandes almacenes.
Me despedí con un gesto breve antes de salir de la casa del que ha muerto, del cadáver, del difunto, funerariamente dispuesta por la mujer viuda y por el hijo huérfano como forma de ahorro de una cantidad excesiva de dinero pedida, exigida, reclamada por la funeraria «Vermis» de la calle Prigusto Ence de Nagorta, fundada por Carindo Bapal a mediados del siglo veinte; y al abandonarla, junto a un sonido como de perro aterido por el frío, escuché el sonido de un teléfono lejano.
Mientras por mis fosas nasales se introducía una contaminación amoníaca de producto de limpieza, con un cierto hedor a orina caliente, crucé el pasillo. Bajé los cuarenta y ocho escalones que hay hasta mi piso. El conjunto de la luz exterior y la luz interior, artificial y carboníferamente generada dentro de una bombilla de ahorro, dejaba ver una acumulación diogeneica de mierda en esquinas y suelos, pues las limpiadoras contratadas no aparecían desde el pasado nueve de abril; y las plantas, que intentan e intentaban vegetalizar el habitáculo, continuaban marchitándose progresivamente, pudriéndose de manera descontrolada.
Antes de llegar a mi puerta y sacar una de las ocho llaves de mi bolsillo izquierdo, correspondiente a la cerradura de mi casa, una persona sin género me pregunta si soy Bartol Cásbol. Yo le contesto que sí. La persona sin género me dice que mi mujer me devuelve «Corydon» —parecía no haberle gustado las tendencias homosexuales y pederastas del escritor— después de un silencio de cuarenta y nueve segundos, en el que los zumbidos de los mosquitos amartillaron mis oídos. Posó el libro sobre mis manos; pasado un tiempo, la persona sin género se dio la vuelta bruscamente y se marchó murmurando con voz semigrave —o semiaguda— palabras incoherentes, sin darme tiempo a no despedirme.
Entré en casa sorprendido, suspenso, y no hice más que quedarme mirando el espejo del zaguán. Después de ochocientos veintiún días sin saber nada de la que fue mi mujer me parecía extraño que la madre de mis –creo- dos hijos se hubiera acordado de mí por navidad.
Ahora, mientras mis pulmones se ennegrecen, ando pesadamente hacia mi escritorio. Abro la puerta y todo es obscuridad en él y subo las persianas y pienso en algo nítido y me muevo hacia la mesa y me agacho y abro el único cajón de esa mesa y saco varios papeles y una pluma y escribo en uno de ellos «Treinta y uno de diciembre. Ochocientos veintidós días.» y una de mis lágrimas cae sobre un objeto y saco, finalmente, una pistola.
En este momento sólo pienso en Ualra, en hacer disparar la pistola, en los tiempos en los que aún era feliz, en que me equivoqué al decir que me iba a morir de viejo.